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Cocina patagónica y vinos biodinámicos: una experiencia donde Mendoza y Musgo encontraron el mismo lenguaje

La propuesta unió la cocina patagónica contemporánea de Musgo, creado por el chef Konstantin Voronin y Ksenia Romantsova, junto a los vinos biodinámicos de Alpamanta, bodega liderada por Andrej Razumovsky, en una experiencia gastronómica sensorial donde el territorio, el vino y la identidad encontraron un mismo relato.

En Alpamanta, el vino no aparece solamente como producto. Se percibe como filosofía… y eso fue precisamente lo que terminó potenciando el encuentro con Musgo, en una experiencia gastronómica que combinó cocina patagónica contemporánea con vinos biodinámicos mendocinos en un formato íntimo, sensorial y profundamente experimental

La propuesta comenzó mucho antes del primer plato. El recorrido por la bodega permitió entrar en contacto con la esencia del proyecto: conocer la sala de tanques, las barricas, las ánforas y comprender cómo se trabaja bajo una mirada orgánica y biodinámica que prioriza el equilibrio natural y la intervención mínima.

La cena avanzó como un viaje cuidadosamente construido por 8 pasos. Cada paso proponía una lectura distinta de la Patagonia: vieiras con wakame y zanahoria, tartar de langostinos con dashi y cabutia, salmón blanco con curry verde y tamago, mejillones con adobo filipino y papines andinos, hasta llegar al cordero acompañado por nabo y miso.

La cocina de Musgo no busca impacto inmediato. Busca relato.

Y ahí aparece uno de los puntos más interesantes de la noche: la coherencia conceptual entre ambas propuestas. La filosofía biodinámica de Alpamanta y la mirada territorial de Musgo convivieron de manera natural, sin artificios.

Los vinos acompañaron cada paso desde la precisión y la sutileza. Chardonnay 2022, Rosé Syrah 2021, Sauvignon Blanc 2022, Malbec 2024 y un Cabernet Sauvignon 2017 fueron construyendo distintas capas de lectura junto a los platos.

Pero más allá de lo técnico, lo que sobresalió fue la sensación de equilibrio.

Nada estaba librado al azar: la atención, el ritmo del servicio, la explicación de cada plato y cada vino, la manera en que el equipo acompañó toda la experiencia. Todo contribuyó a generar una cena diferente, donde el concepto iba mucho más allá del maridaje tradicional.

El cierre, con membrillo de huerta, quesos estacionados, smetannik, frambuesa, albahaca, café, té y brandy, terminó de completar una experiencia pensada desde el detalle.

En tiempos donde muchas propuestas gastronómicas buscan sorprender desde la espectacularidad, encuentros como este demuestran que todavía hay lugar para experiencias construidas desde la identidad, la sensibilidad y la conexión con el territorio.

Y cuando eso sucede, el vino deja de acompañar la comida para convertirse, definitivamente, en parte de la historia.

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