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Ser una buena persona, la mejor herramienta

La literatura se ha convertido en polen. Anda por el aire y fecunda, en vez de condensarse entre las tapas de un libro de doscientas o quinientas páginas, en la que existe la posibilidad de subrayar aquellas frases que impactan o definen un sentimiento o una situación. Ahora, esas las frases vuelan por Internet y se comparten, generan identificaciones, sirven como parábolas referidas a la propia vida y las de los demás. ¿Es una práctica condenable? No necesariamente. Venimos arrastrando una tradición implacable que dice que quien no lee un libro completo es un pecador, un lector a medias. En suma, no es un lector.

Los nuevos medios, especialmente tal como los utilizan los jóvenes, abrieron otras puertas, no menos valiosas en tanto provoquen aquel mismo aleteo del espíritu de las largas novelas del siglo XIX o los poemas con decenas de estrofas.

Sea dicho todo esto para justificar una frase que cae sin pedirla: “El arte del médico es el mantener animado al paciente mientras la naturaleza lo va curando, por eso: la gente quiere a los médicos que quieren a la gente; antes de ser un buen médico, sé una buena persona”. El autor es el doctor Ignacio J. Barrenechea, un prestigioso neurocirujano rosarino.

La propuesta que inspira la frase es reemplazar la palabra “medico” por jefe o gerente y “paciente” por empleado. Comprobaremos que son profesiones que tienen mucho en común. La naturaleza de un empleado está conformada por el contexto, por esa porción de sociedad que compone la organización. Solamente en los casos que dicha organización es sana, cualquier empleado puede mantenerse animado y recuperarse, para sí y para la empresa.

El prejuicioso refrán de que “la manzana podrida en un cajón, pudre a las demás” no funciona tal como se lo describe, porque el proceso social, no orgánico, es al revés. Cuando las manzanas del cajón están sanas, contagian a la podrida, la restablecen y la curan. La influencia del contexto social es decisiva y la calificación de “manzana podrida” solamente sirve para justificar errores y volcarlos sobre lo que suele llamarse “chivo expiatorio”.

Por lo general, quien se queja o se manifiesta negativamente, muestra un síntoma, no una enfermedad. No es sencillo entenderlo, porque equivale a ejercer una fuerte autocrítica y, a la vez, honesta. Esta virtud no es muy habitual en los que supervisan o coordinan el trabajo de otros, lo que termina siendo la fuente de todos los males, dando lugar infinitos seminarios sobre liderazgo que pueden simplificarse si retomamos la segunda parte que escribió el doctor Barrenechea. Un jefe (capataz, gerente, supervisor y todos sus equivalentes) debe querer a la gente si pretende que ésta lo quiera. Una pretensión legítima, que incluye a los resultados económicos que cualquier empresa deseara lograr.

El querer a alguien que es su superior inmediato, o no quererlo, es parte sustancial de cualquier proceso productivo o de servicios. Está presente en la convivencia forzada de cualquier ámbito laboral. Para lograr aquel objetivo, vale el último tramo del texto de Barrenechea: “hay que ser una buena persona. Reconozcamos que, aunque hay varias versiones sobre personas “buenas”, es bastante reconocible para el común de la gente. En este punto, no hay seminarios infalibles y transformadores en un ciento por ciento. Tal vez, un buen principio sería consensuar qué se espera de la gente que trabaja en la empresa y qué entienden ellos por una buena persona.

Fuente: La Nación

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