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Ni iluminación ni magia: el cambio interior es un trabajo intenso

Muchas prácticas meditativas parecen ser un espacio de disfrute y relajación: masajes, ungüentos terapéuticos, sonidos que embriagan. Sin embargo, eso no basta. La búsqueda de la felicidad y la paz interior requiere un profundo esfuerzo personal.

Muchas veces los alumnos de mis cursos me preguntan por un libro muy reconocido en el ámbito meditativo, casi una «Biblia» del meditador: «El poder del ahora», de Eckart Tolle. Y les respondo que me parece muy lindo, con aportes realmente muy interesantes, pero… (y este pero suele hacer cambiar el rostro de mi interlocutor) tengo una crítica fuerte hacia el libro.

El hecho de que en el prólogo, ni bien comenzada la obra, el autor transmita la idea de que el cambio personal sea posible de manera «mágica», repentina, me desalienta. Dice textualmente:

«Hasta los treinta años, viví en un estado de ansiedad casi continua, salpicada con períodos de depresión suicida…» «No puedo seguir viviendo conmigo mismo, éste era el pensamiento que se repetía continuamente en mi mente. Entonces súbitamente me hice conciente de cuán peculiar era este pensamiento. ¿Soy uno o dos?» «Esta extraña revelación me aturdió tanto que mi mente se detuvo. Estaba completamente consciente, pero no había más pensamientos. Después me sentí arrastrado hacia lo que parecía un vórtice de energía…» «De repente, ya no sentí más miedo y me dejé caer en aquel vacío. No recuerdo lo que pasó después».

«De repente», dice, y no se pone colorado. Como si cambiar se tratara sólo de un momento de insight, de iluminación…

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Sólo cambiamos por necesidad

Como hemos escrito en otras columnas, cuando uno llega al punto de desear un cambio suele haber recorrido ya un camino de intentos fallidos. Un profesor de mi facultad decía que «nadie cambia por una idea, sino a partir de una necesidad».

En la práctica del mindfulness hablamos de que nos abrimos al cambio cuando observamos que el sufrimiento acumulado en nuestras vidas no tiene que ver con contingencias externas, sino con nuestra manera de relacionarnos con ellas, y el impacto es lo suficientemente fuerte para desafiarnos a indagar cómo lograr el cambio.

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En nuestro camino siempre se presentan situaciones que nos ponen frente a la disyuntiva del cambio. Como una de las características de la vida es la Impermanencia, es decir que todo fluye y está en movimiento de continuo, debemos optar entre ser flexibles y movernos al mismo tiempo o refugiarnos en pequeños «descansos» que nos brindan la ilusión de que no es necesario cambiar.

Pero lamentablemente muchas veces creemos que el cambio se puede lograr sólo mediante «ideas», pensamientos, esfuerzo abstractivo… así, muchas personas leen libros, concurren a conferencias, pero no se deciden a encontrar la palanca que movilice el núcleo entumecido de sus vidas (creencias, conductas condicionadas, emociones aflictivas profundamente arraigadas). Esa palanca es el esfuerzo personal.

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Una vez tomada la decisión, a trabajar

Un alumno me preguntaba qué podría ocurrirle en sus sesiones de práctica en el hogar, ya que observaba que luego del primer logro importante que había alcanzado en sus primeros meses de dedicación a la meditación (estar más tranquilo, más tolerante, más atento a las acciones cotidianas), hacía tiempo que no lograba más nada. En sus palabras: «es una calma serena pero también aburrida; es como haber encontrado un lugar donde protegerme del dolor pero nada más. A veces lo siento como indiferencia, como comodidad».

Había trabajado arduamente en el cambio inicial, pudo tomar herramientas efectivas que articuló a su vida a partir de una perseverancia y continuidad, pero evidentemente se había quedado en la comodidad de ese movimiento inicial. Necesitaba hacer un nuevo paso hacia otro nivel más profundo. Su percepción había quedado atada a las bondades de los logros alcanzados.

Observando juntos luego en perspectiva su proceso, pudo darse cuenta que poco a poco se había aislado del dolor ajeno, y se había vuelto algo autosuficiente y egocéntrico. Se sentía bien, pero se había encerrado en su pequeña isla y perdido vínculo con el mundo. Dedicó mucho tiempo a estar encerrado en su pieza meditando, pero se alejó de los sinsabores de sus vecinos. Por lo tanto aún no estaba experimentando la práctica de la compasión por el sufrimiento de los otros, algo clave para crecer espiritualmente.

Muchas prácticas meditativas parecen ser un espacio de pleno disfrute y relajación: las personas reciben masajes, se ponen ungüentos terapéuticos sobre sus cuerpos o escuchan sonidos que los embriagan, pero no parecen tocar sus partes más oscuras, aquello que necesitan modificar.

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Algo duro con lo que trabajar: la renuncia

Un aspecto inevitable de nuestras vidas es la renuncia: cuando estamos frente a una situación que exige tomar decisiones y por tanto optar por un camino, solemos congelarnos y dudar. Nos molesta tener que abandonar algo que nos produce placer, tranquilidad, comodidad: «si esto lo tengo o lo hago hace rato: ¿por qué habría de dejarlo?»

La renuncia como acto de libertad supone un esfuerzo profundo y es un gran tema en este mundo postmoderno de bálsamos entumecedores. El padre quiere seguir saliendo con sus amigos como antes, de soltero, la joven que comienza a trabajar se aflige porque no puede hacer gimnasia las cuatro veces que hacía antes, el que tiene una posesión no quiere venderla para invertir en un proyecto, cree que es injusto… ¿Cuántos ejemplos de indecisión y actitud timorata frente a la renuncia podríamos dar?

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Todos los profetas y grandes guías de la humanidad han renunciado a mucho de ellos mismos para dar el gran salto.

En el despojarnos de lo innecesario, lo que no es prioritario, está buena parte de la energía para bucear en lo nuevo, en aquello hacia donde valientemente tenemos que dirigirnos.

Fuente: Clarín

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