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Matemática para la vida

Las matemáticas son una abstracción que estudia las propiedades de números y relaciones que se establecen entre ellos para explicar diversos fenómenos observables. Si todo el universo está regido por sus leyes, ¿nuestras vidas también?

Creo haber aprendido una fórmula, una abstracción que explica lo espiritual de nuestras vidas en un plano terrenal y funcional. Recuerdo no hace tanto, cuando estaba internado en un templo budista en el norte de Tailandia, y escuché la respuesta que me dio una nueva fe.

Una tarde le pregunté a Hans (mi monje mentor): ¿cuál es el sentido de la vida para un budista?.

Escéptico a mi pregunta, con cara de reproche, me miró sin decir nada, ya que yo no había dilucidado algo tan comprensible. Luego de ver en mis ojos que mi pregunta estaba motivada por una curiosidad verdadera, respondió: “Deshacerse de todo el sufrimiento para experimentar la felicidad más plena”.

¡Woow! (sentí un Big Bang en mis neuronas, como si la sinapsis de ese razonamiento estuviese esperando la conexión hacía ya mucho tiempo) ¡Eso es! ¿por qué debería ser otra cosa?. Algo tan simple, tan sencillo, algo que en estos días lo hemos hecho complicado.

El camino para alcanzar lo tan deseado, requiere esfuerzo y constancia, pero ¿acaso no lo vale?.

Me cautivó lo terrenal de la idea, lo práctico y pragmático que nos enfoca la búsqueda de vivir mejor, sin alimentar ninguna otra fantasía. En el budismo no hay un Dios, no hay recompensa ni castigo, sólo el Karma (acción y reacción de nuestro propio comportamiento).

El budismo no comenzó como una religión, sino como una técnica para alcanzar la felicidad en la vida, sin proponer en su esencia perseguir una idea trascendental de lo que podría pasar después de ella.

Esta práctica explica que mientras inviertas tu tiempo en algo, luego verás las consecuencias. Para cualquier seguidor de esta doctrina, el sufrimiento es parte de la y está ocasionado por las cosas que deseamos. Sin embargo, hay una forma de erradicarlo, y la misma es a través de seguir el camino que Buddha descubrió.

Todo comienza a partir de ciertas verdades, ya que los budistas entienden que todo en la naturaleza está regido por tres simples reglas:

  1. Todas las cosas son momentáneas.
  2. Todo está fuera de nuestro absoluto control.
  3. Todo trae sufrimiento o insatisfacción en algún momento.

A partir de estas verdades, entienden que la única forma de ser completamente libres y felices es desapegándose de todo, para experimentar el presente de forma pura y continuada, con la mente y el ser entregado a la realidad sin distracciones.

Sin embargo, he aquí la trampa. Desapegarse de todo, significa DE TODO; de lo bueno y lo malo, lo que gusta y lo que no. Esto implica también ¿desapegarse del placer, de la alegría? ¿Cómo es posible experimentar felicidad plena desentendiéndonos de todo lo que nos hace sentir bien?. Para ellos la respuesta es simple: no es consistente, no está bajo nuestro completo control, nos hará insatisfechos en algún momento. Entonces, cuando la euforia nos abandona, cuando la razón que nos hizo felices ya no es novedad, cuando necesitamos un nuevo evento que nos haga sentir bien, experimentamos la insatisfacción. Porque nada dura, volvemos a buscar algo que nos vuelva a completar por un instante.

He aquí también la raíz del consumismo, pues cuando buscamos por todos los rincones recuperar esa felicidad, vemos que no está bajo nuestro control. Esto no ocurre cuando lo deseamos por el sólo hecho de quererlo, no podemos experimentarlo de forma espontánea y decirnos “desde este momento seré feliz” y así lograrlo.

Es como un fenómeno casi autónomo que ocurre, un resultado, una consecuencia de algo que muchas veces no logramos descifrar por no entender que la mayor parte no está bajo nuestro control.

Al menos la otra cara de la moneda nos sonríe, porque de lo malo nada dura tampoco, eso que nos ocasiona dolor no es sostenible y se diluye en el tiempo por momentos, diciéndonos sutilmente que es hora de dejar ir.

Mientras vivamos plenamente en el presente, experimentando y observando la realidad, percibiremos la verdadera esencia de las cosas con ecuanimidad. Por cosas entiéndase todos los fenómenos existentes, desde las propias emociones, recuerdos, sensaciones del cuerpo a lo que nos pasa en la realidad. Vivir plenamente en el presente puede eliminar el sufrimiento porque no permite que la realidad sea entendida, sino experimentada y observada sin identificación ni apego. No se interpreta ni se categoriza porque eso implica, merodear sobre un acto del pasado, implica abandonar el instante presente que nunca deja de fluir para analizar lo que ya sucedió. El pensar puede confundir, y sólo en el accionar, se puede ejercer efecto.

Esto parece contradecir todo lo que aprendimos, todas nuestras leyes, pero parece ser compatible con las leyes que rigen todo lo demás.

Si probáramos con fórmulas los fenómenos, podríamos ver que el resultado tiene mucho de sentido, mucho de certeza matemática. Por ejemplo, si al dolor físico le restáramos la idea de absoluto control, y le sumáramos la idea de momentaneidad, el resultado podría ser cierto alivio al observar sin identificarse. O si a los deseos que hemos tenido y no se han cumplido pudiéramos restarle la idea de absoluto control, y sumarle la de que nos traen insatisfacción, el resultado sería cierta paz porque los dejaríamos ir.

Si cuando experimentáramos felicidad, le restáramos la idea de perpetuidad y le sumáramos la idea de falta de control, obtendríamos como resultado el verdadero disfrute mientras dura, y no el sentido de carencia en su posterior ausencia. La idea de fluir constantemente en el presente es en esencia fácil y certera, pero muy difícil de aplicar. La buena noticia es que para ello hay un método.

Lo más racional y funcional del Budismo es su técnica en esencia, pues la misma fue descubierta por Buddha, el iluminado.

La historia nos dice que hace dos mil seiscientos años atrás, en el norte de la India, a través de la meditación, este ser humano logró dar respuesta a la necesidad de los hombres de lo que sería la verdadera forma de vivir.

En Pali, el idioma antiguo de los monjes, meditación puede ser traducida como “cultivar o desarrollar la mente”, proceso de entrenamiento mental que resulta en beneficios sociales, profesionales, de salud, enfoque y mucho más, pero sobre todo, ayuda a ser feliz.

Meditar es poner la mente en completo foco hacia algo, sin dejarse distraer, se trata de hacer espacio en la cabeza, limpiándola de todo tipo de ideas.

Si nuestra mente se vacía, la realidad explota de nuevas ideas  en cada segundo, para regalarnos nuevas oportunidades. Es como volver a nacer en cada suspiro, como volverse un papel en blanco…. Pero, ¿cómo se entrena la mente para no pensar en nada?. No se puede no pensar en nada, la mente no puede apagarse ni siquiera cuando está dormida. Proponernos pensar en nada es como intentar imaginar a alguien no cavando un pozo. Por otro lado, tampoco se puede dejar de respirar, siendo el acto consciente más minimalista que ocurre de forma permanente. Si ponemos toda nuestra concentración de forma prolongada en el aire, que llena y luego escapa de nuestros pulmones, encontramos una técnica pura que deja nuestra mente con mayor espacio para lo nuevo.

Con la mente entrenada, cada vez que un fenómeno dispare una idea que se convierta en un tren de pensamientos, este aliado en nuestra cabeza, traerá de vuelta al presente, dejando ir todo razonamiento para continuar experimentado la realidad sin perdernos ni un segundo del ahora.

Más allá de la concentración, los budistas identifican obstáculos mentales que se deben trabajar. Éstos impiden fluir en el aquí y ahora, éstos son, el deseo, imaginación, duda, ansiedad, miedos. Cada vez que emergen, la técnica enseña a observarlos sin identificarse con ellos, son una experimentación del presente, no son buenos ni malos, sino lo que ocurre, y sobre todo, no somos ellos. Y como nada dura, podemos dejarlos ir, una, otra, y otra vez que emerjan.

El desapego no es nada fácil, mucho menos para un occidental. Por eso los monjes siguen preceptos que rigen su ascética vida alejándolos de las trampas más mundanas. En los retiros de meditación pude ver y vivir sólo una parte de sus fascinantes vidas. Dormí en el suelo y no comí nada después del mediodía. Le gané al sol antes de despertarse y caminé descalzo con mi maestro a recibir las ofrendas de los religiosos por las calles. Tuve el privilegio de observar lo que es vivir sin necesitar nada, lo que es pensar de otra manera, lo que es manejarse en el plano de lo que sólo es esencial. Vi que en la interacción, todos somos parecidos, que el humor nunca se pierde y que sin meterse en nuestro mundo, ellos entienden más de él que nosotros. Recuerdo la tarde en la que busqué al monje Hans con el pretexto de que me dijera la forma de sacarme de mi cabeza una canción pegajosa que resonaba una y otra vez sin disolverse. Con algo de risa interna, sin mostrarse más allá de las comisuras de sus labios me respondió: “Oh amigo, eso no es posible”.

¿Y qué hay con ese enemigo interno llamado ego?. Muchas veces creemos que las cosas son uniformes, permanentes. Creemos que somos de una manera u otra, catalogándonos como  “responsable”, “el aventurero”, o lo que sea que nos haga sentir que somos alguien. Pero ¿qué pasó cuando “el mesurado” perdió los estribos, o “el aventurero” tuvo miedo? ¿Cuándo “el trabajador” quiso levantarse tarde, o “el alegre” sintió ganas de llorar?. Lo único que hace nuestra identidad es hacernos esclavos de una idea pasada que no se adapta a la realidad de ninguna circunstancia. Somos como una bombilla de luz, vemos como algo permanente y continuado algo que ocurre de manera interrumpida en cada milésima de segundo. No hay luz duradera como tal, sino millones de chispazos sucesivos en la rapidez del tiempo que nos hace percibir una sola cosa.

En el budismo no somos ese alguien, sino que en este momento hacemos esto, en otro momento otra cosa, y así fluye cada instante del presente, el cual no debe ser visto como uniforme. Entenderlo así nos hace libres de cualquier idea.

Valga esta redundancia: sólo el presente existe y sólo podemos vernos en tal aquí y ahora, existiendo en este instante, luego en este, luego en este otro, y así mientras vivamos. Lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos es olvidarnos de nuestro ego, porque él mismo nos aprisiona a actuar de tal o cual manera sólo porque tenemos una idea de quienes somos, que no puede ser consistente todas las veces, que se ve afectada por la complejidad de la circunstancia, por la inexactitud de nuestro juicio limitado, por el ritmo del cambio permanente. Cuando no podamos cumplir con la idea de quiénes somos, o cuando nos obliguemos a seguir esa idea, estaremos sintiendo la insatisfacción de saber que ni siquiera nuestro accionar está bajo absoluto control.

Lograr esta mentalidad es un trabajo constante que requiere entrenar la mente. Muchos dicen que es como llevar el cerebro al gimnasio; lo que sí se sabe, es que  tiene mucho sentido, es efectivo y racional como matemático.

En el budismo no encontré fantasías y delirios, sólo técnicas exactas de más de dos milenios de antigüedad que enseñan a encontrar el cielo en la tierra, a elevarte espiritualmente en tu esencia más humana, iluminarte con tus propias sombras. En el budismo encontré una fórmula con exactitud matemática que te enseña verdaderamente a vivir.

Si tuviese que apegarme a algo, sería a una sola idea: “Una vida vivida a pleno sólo existe en el presente”.

Fuente: Matias Grau para MASSNEGOCIOS Diario Online

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