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#LeyendasDeLaModa: AZZEDINE ALAÏA

Se podría definir a Azzedine Alaïa, sin miedo a resultar erráticos o exagerados, como un escultor que modela figuras humanas, eminentemente femeninas, valiéndose de todo tipo de tejidos. El símil se presenta aún más certero si se tienen en consideración que el tunecino estudió escultura en la Escuela de Bellas Artes de Túnez.

Nació en Jemmal, Túnez en el año 1940, y dejó al mundo huérfano del encanto y belleza de la creación couture el pasado 18 de noviembre, en la ciudad de París. Era, quizá, el último gran diseñador que le quedaba al mundo de la alta costura. Romántico definitivo.

Hijo de padres agricultores de origen español, Alaïa entendió desde niño que no iba a seguir con la tradición familiar. Mamó su pasión por la moda directamente de sus dos hermanas. Comenzó a trabajar como asistente de modistos antes incluso de graduarse y pronto recibió sus primeros encargos de parte de clientas enamoradas de su forma de potenciar la figura. A finales de la década de los cincuenta se trasladó, consciente de la importancia de estar en el lugar adecuado en el momento oportuno, a París, donde encontró trabajo con relativa facilidad al calor de grandes tótems de la moda como Christian Dior, Guy Laroche o Thierry Mugler. En la década de los setenta abrió un pequeño atelier en la rue de Bellechasse -en pleno barrio de Le Marais-, lugar desde el cual confeccionaba, casi en secreto, los atuendos de la jet set parisina del momento.

Fue a principios de los años 80, cuando la moda se batía en duelo con siluetas imposibles, cuando Azzedine Alaïa decidió lanzar su primera colección compuesta, en gran medida, por prendas con un marcado componente sexy y confeccionadas en cuero que redefinen el cuerpo a la vez que lo transforman. Amante de la moda y modisto entregado, perfeccionista, alérgico a la farándula que rodea la industria y muy crítico con la voracidad y el ritmo que impone el sistema -al que tildaba de “infierno comercial”-, manejaba la aguja con la precisión de un cirujano. Una aguja que se mueve a su propio ritmo. No presentó jamás sus creaciones ajustándose a ningún calendario sino que lo hacía siempre cuando él consideraba que estaban listas.

Padre emocional y profesional de Naomi Campbell, él fue su auténtico descubridor. “La primera vez que la vi pensé ‘¡guau!’. Me recordó a Josephine Baker. Le dije que se probara alguno de mis vestidos. Tenía 16 años y su cuerpo aún no estaba desarrollado del todo, pero vi su maravillosa estructura muscular y le pregunté si se podía quedar para mi desfile. Tuve que llamar a su madre, que me dijo: ‘Sólo puede quedarse si la acoges en tu casa”, cuenta él. La top pasó por aquel entonces algunas temporadas en casa del diseñador. Desde aquello, Alaïa la convirtió en su musa y ella a él en su “papá”. La primera dama de los EE. UU., Michelle Obama y la ex Spice, Victoria Beckham son dos fieles seguidoras de sus creaciones.

El diseñador trabajó al margen del calendario oficial de la moda, sin publicitar su marca y sin desfiles regulares. Prefería presentar sus colecciones cuando las tenía a punto, sin atender a las temporadas habituales y sin sentirse obligado a innovar con cada nueva entrega. “No es normal que un diseñador esté obligado a hacer ocho colecciones al año, incluso cuando es un auténtico genio. No sé de dónde sacan las ideas. A mí me cuesta tener una sola que sea interesante por colección” afirmaba con franqueza y genialidad.

Falleció en la madrugada de este sábado en París a los 77 años, a consecuencia de una caída que lo dejó en coma hace algo más de una semana. Desapareció así uno de los nombres más destacados de la moda de las últimas décadas y un genio sin precedentes del mundo couture.

Fuente: Condé Nast

Adaptación: Germán Biscardi para MASSNEGOCIOS Diario Online

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