Personas

Felicidad y dolor, complementarios, no antagónicos

‘Bienvenido dolor’, de la psicóloga chilena Pilar Sordo, invita a desarrollar la voluntad de ser feliz tomando como base esta reflexión: “La llegada del dolor es inevitable, pero la elección del sufrimiento depende enteramente de nosotros”.

Tras una profunda investigación sobre la felicidad, la psicóloga Pilar Sordo descubrió que asociamos este concepto con algo tan fugaz como la alegría, lo que hace que se tienda a creer que lo bueno dura poco y vivamos anticipando la desgracia. Con ‘Bienvenido dolor’ (Ediciones Paidós), recién editado en España, desmitifica esta idea para acercarse al verdadero significado de la felicidad, que, para ella, está vinculado con estar conectados con el presente, recuperar la ilusión, encontrarle sentido a lo que hacemos y cambiar comportamientos y dinámicas sociales.

– Usted asegura que el dolor es inevitable, pero… ¿cómo se puede evitar el sufrimiento? 

– Cuando empecé a abordar el tema del dolor en realidad me encontraba investigando la felicidad. El dolor aparece como un paquete que llega a casa, de forma imprevista y no deseada y que puede dar lugar a varias reacciones. Una es negar que llegó, otra es quedarse pegado en la rabia o en el por qué me ha sucedido a mí y la otra es, a pesar de la angustia y del dolor, decidirse a abrir ese paquete y descubrir los misterios que contiene. Es ahí cuando empiezo darme cuenta de que los que tomaban la decisión de abrir el paquete y no quedarse pegados en el proceso lograban salir más rápido de él y sin secuelas físicas o emocionales. Y es eso lo que nos llevó a pensar que el dolor era inevitable, pero que el sufrimiento era opcional, pues el sufrimiento implicaba decidir no querer aprender de ese proceso ni querer tomarlo como un desafío conduciendo a que se enquistase en la rabia, la victimización o el miedo.

– Sin embargo, no siempre el entorno (familia, amigos, compañeros…) deja que el afectado abra ese “melón” del dolor… 

– Sí. A nivel cultural se ha generado esa no aceptación de los procesos dolorosos y eso lleva a que la gente no llore, no hable de lo que le pasa y muestre siempre la mejor cara al resto para no “molestarles” o para que estén tranquilos. Pero siento que eso genera un circuito enfermizo que impide a la larga que la gente se sane. Para salir de eso, es necesario abrir el proceso, hablar todo lo que sea necesario, llorar lo que sea necesario y, sobre todo, romper esos contratos silenciosos que hacen que yo no hable de algo para que mi familia (o gente cercana) no sufra y viceversa, pues eso hace que se enquiste el dolor.

– ¿El tiempo lo cura todo?

– El tiempo te permite tener una dimensión distinta del dolor, da una cierta distancia, permite aprender a vivirlo de una manera diferente, pero el dolor no se pasa. De hecho creo que la gran mayoría de los dolores importantes de la vida no se pasan nunca. Uno aprende a vivir con ese dolor pero no hay una sensación de superación absoluta. Pretender o tener la expectativa de que en algún momento me voy a levantar y no voy a tener ese dolor es una utopía que genera frustración.

Tengo la percepción de que hemos perdido humanidad en este proceso porque hemos ido negando algo tan inherente al ser humano como es el dolor y las cosas difíciles de su vida. Todos pasamos por pérdidas, desilusiones, desencantos… Negar una realidad tan obvia nos ha hecho mal porque nos sobremedicamos, enfermamos más de depresiones y tenemos más crisis de pánico. Y el motivo es que no vivimos los procesos como hay que vivirlos ni caminamos con los dolores de una manera sana.

– ¿Existe un dolor peor que otro o es algo que depende de cada persona?

– Con la pérdida de un hijo es probable que se alcance una de las dimensiones más profundas de dolor pues en el mundo occidental se ve de un modo antinatural (los orientales no lo ven así) y se supone que un hijo tiene que enterrar a un padre o a una madre. Por esa errónea sensación de linealidad del tiempo y por la creencia de que el ‘partir’ tiene una secuencia puede resultar ésta más dolorosa que otra experiencia. También por el hecho de que ni siquiera se ha dado nombre a la pérdida de un hijo. No eres viuda, no eres huérfana… Nadie ha inventado una palabra para referirse a esa situación porque existe el convencimiento de que no debería ocurrir y eso puede llevar a que esa dimensión se viva culturalmente de modo más profundo.

No obstante, existe una individualidad enorme en la vivencia de las pérdidas y hay tolerancias, historias, paciencias y aprendizajes muy distintos dependiendo de cada persona pues cada uno dimensiona, vivencia o logra mirar su propia pérdida de una manera individual dependiendo de su historia y sus aprendizajes.

–  ¿En qué medida vivimos el dolor de forma distinta?

– Todas las pérdidas pasan por cuatro etapas. La primera es de shock. En ella piensas que lo que sucede no es verdad y que lo que estás viviendo es una pesadilla o uan película. Tras ella viene una fase de rabia en la que se intentan buscar culpables: el otro, la vida, dios, yo mismo… Tras ello viene la tristeza, que además coincide con el alejamiento de la gente, te dejan de llamar, dejan de estar interesados en tu duelo porque ya pasó. Este es el periodo de mayor riesgo en términos emocionales porque el resto ya no acepta que digas que estás mal y tú tampoco quieres seguir compartiendo el dolor. En líneas generales, se ha cuantificado en tres meses el periodo en el que los demás toleran que el otro diga que está mal. Tras esa etapa, se vive otra que es la reconciliación con el duelo que hace que la persona que se fue regrese para quedarse dentro de ti con los mejores recuerdos o los aprendizajes que tuviste.

Pero lo importante de esto es saber que estas etapas no son secuenciales ni ordenadas, sino que se pueden llegar a vivir incluso en un mismo día. Puedo tener la sensación de avanzar, pero luego retroceder… Y este ciclo por lo menos tiene que durar un año cronológico: primera Navidad, primer aniversario, primer cumpleaños, primer día del padre… Y todas aquellas fechas que inventamos para expresar los afectos… Hasta que no ha pasado ese ciclo completo nadie debería poder evaluar si estás viviendo mal o bien un duelo. Después de ese año sí que habría que valorar si optaste por el sufrimiento o aprendiste a vivir con el dolor.

– ¿Qué hábitos pueden llevarnos del dolor a la felicidad? 

– Es clave cambiar la definición de felicidad. Solemos cometer errores al definir la felicidad y uno de ellos es asociarla a estados de alegría, suponiendo que la felicidad son solo momentos. Si eso fuera cierto, no habría nadie feliz, por ejemplo, en unidades de quimioterapia donde las personas están intentando vencer un cáncer. Y la realidad es que en esas unidades y en otros muchos sitios hay gente que ha logrado resignificar el proceso del dolor.

Otro de los errores tiene que ver un aspecto material según el cual se relaciona la felicidad con poseer cosas.

Pero el gran error es sin duda concebir la felicidad como un concepto anhelado, de modo que si usamos expresiones como “búsqueda de la felicidad” ya estamos errando pues colocamos la felicidad en un espacio lejano y no lo asumimos como algo real.

Para tomar la decisión de ser feliz es importante ser agradecidos. Y eso pasa por dar gracias por las cosas sencillas de la cotidianeidad. La sociedad española es tremendamente quejumbrosa y poco agradecida. La queja genera parálisis y hace que se espere que la solución venga desde fuera, no desde uno mismo. Otro aspecto importante es ser consciente de que ningún ser humano aprende nada importante de la vida a través del placer. Los aprendizajes vitales, los que son capaces de cambiar prioridades en la vida son los dolorosos. Tomar conciencia de ello hará que logremos ver la felicidad y el dolor como compañeros de viaje y no como algo antagónico. La decisión de ser feliz ayuda a que enfrente mejor el dolor y el enfrentamiento del dolor me ayuda a tomar la decisión de ser feliz.

Fuente: mujerhoy.com

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