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¿Habla demasiado en la oficina?

¿Se siente bien cuando habla bastante y se desahoga? Harvard Business Review advierte sobre los riesgos de hablar demasiado para sus relaciones laborales. Aprenda a medir sus tiempos aquí.

Quizás haya oído el dicho: “El amor es ciego”. Bueno, cuando uno está hablando mucho, el amor puede ser ciego y sordo. Una vez que está ‘embalado’, es muy fácil no darse cuenta de que ha agotado la paciencia e interés de los demás, e incluso puede pasar por alto que la otra persona está cortésmente tratando de hablar o de indicar que tiene que irse (tal vez a cualquier sitio si usted ha sido muy aburrido).

Hay tres etapas al momento de conversar con otras personas. En la primera etapa, usted está enfocado, relevante y conciso. Pero luego, de forma inconsciente, descubre que cuanto más habla, más aliviado se siente. ¡Ahh! es tan maravilloso y relajante para usted… pero no es muy divertido para el receptor. Esta es la segunda etapa –cuando el hecho de hablar se siente tan bien que usted no se percata que la otra persona no está escuchando.

La tercera etapa ocurre después de haber perdido la noción de lo que estaba diciendo y comienza a darse cuenta de que debe atraer de nuevo a la otra persona. Si durante la tercera etapa de este monólogo disfrazado como conversación, usted inconscientemente nota que la otra persona se está inquietando un poco ¿adivine qué pasa luego?

Por desgracia, en lugar de encontrar una manera de ‘reenganchar’ a su inocente víctima dejándolo hablar y luego escuchándolo, el impulso habitual es hablar aún más en un esfuerzo por recuperar su interés.

¿Por qué sucede esto? La primera y sencilla razón es que todos los seres humanos tienen una necesidad de ser escuchados. La segunda es que el proceso de hablar sobre nosotros mismos libera dopamina, la hormona del placer. Una de las razones por la que los parlanchines no dejan de hablar es porque se vuelven adictos a ese placer.

“Poco después de que saliera mi libro, Just Listen, yo también sucumbí a ignorar las señales de que había empezado a molestar a mi amigo y compañero de coaching, Marty Nemko, presentador de un programa de radio sobre temas laborales. Nemko y yo habíamos estado capacitándonos mutuamente por un tiempo cuando un día me dijo: ‘Mark, para ser un experto en escuchar, tienes que hablar menos y escuchar más’”, comenta Mark Goulston en su artículo publicado por Harvard Business Review.

“Después de recuperarme de la vergüenza, él mencionó una ingeniosa estrategia que he estado usando. Esta estrategia podría ayudarle a usted como lo hizo conmigo. Nemko lo llama la regla del semáforo y afirma que funciona mejor cuando se habla con la mayoría de gente, sobre todo con personalidades del tipo A, que tienden a ser menos pacientes.

En los primeros 20 segundos de conversación, su luz está en verde: usted le agrada a su oyente, siempre y cuando sus palabras sean relevantes para la conversación y, mejor aún, de utilidad para la otra persona. Pero a menos que usted sea un narrador muy talentoso, las personas que hablan por más de unos 30 segundos a la vez son percibidas como parlanchinas y aburridas. Es ahí cuando la luz se pone en ámbar durante los próximos 20 segundos y corre el riesgo de que la otra persona empiece a perder interés o crea que usted es muy locuaz. Al llegar a los 40 segundos, el semáforo está en rojo. Y si bien en ciertas ocasiones queremos pasarnos esa luz roja y seguir hablando, la gran mayoría de veces, es mejor parar o estará en peligro.

Nemko afirma que seguir la regla del semáforo es solo el primer paso para dejar de hablar demasiado. También es importante determinar su motivación subyacente por hablar tanto. ¿Acaso se siente bien cuando habla bastante y se desahoga? ¿Usted habla para aclarar sus ideas? ¿O acaso habla porque a menudo tiene que escuchar a otras personas, y cuando encuentra a alguien que le cede la palabra no puede evitarlo?

Cualquiera sea la causa, el filibusterismo es por lo general una manera de acabar con una conversación, y puede dar lugar a que ambas personas caigan en monólogos alternantes. Esto sin duda no va a ayudar a seguir adelante con la conversación o su relación.

Algunas personas son parlanchinas porque están tratando de impresionar a su compañero de conversación demostrando cuán inteligentes son, a menudo debido a que en realidad no se sienten de esa manera en su interior. Si este es su caso, debe darse cuenta que continuar hablando solo hará que la otra persona se impresione cada vez menos.

Por supuesto, algunas personas que hablan demasiado, simplemente, “no pueden tener un sentido del paso del tiempo”, dice Nemko. Si este es su caso, la cura no es mirar dentro de sí mismo en busca de un entendimiento psicológico. Es solo para desarrollar un mejor sentido de cuánto tiempo es 20 y 40 segundos. Comience a usar un reloj para medirse, por ejemplo, cuando esté en el teléfono. Así, tendrá la costumbre de parar una declaración cuando su luz esté todavía en verde, o por lo menos ámbar.

Por último, recuerde que incluso 20 segundos de conversación pueden ser suficientes para desalentar una conversación si no incluye a la otra persona en la conversación. Para evitar esto, haga preguntas, trate de seguir la idea de lo que dicen los demás, y busque la manera de incluirlos en la conversación de modo que sea un verdadero diálogo y no una diatriba.

By Diario Gestión

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