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Danzando con las emociones: el miedo

Según el diccionario de la Real Academia Española, la palabra “Emoción” significa:  “Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática”. Para entrar en detalles la emoción incluye áreas que integran nuestra base de reacción física y biológica ancestral con funciones cerebrales cognitivas más evolucionadas. Incluye tres sistemas de respuesta fuertemente unidos entre sí.  La Lic. María Gabriela Fernandez Ortega (MN 17735) expone que estos son:

  1. la reacción física o fisiológica. Por ejemplo: la aceleración del ritmo cardíaco.
  2. la reacción conductual o expresiva (la expresión de mi cara se tornará una en particular. Por ejemplo: cejas levantadas, ojos más abiertos, tendencia del cuerpo de ir hacia atrás, etc.
  3. el componente subjetivo o cognitivo de la emoción. Esto es,  la vivencia experiencial, subjetiva y personal del miedo, lo que llamamos la “vivencia emocional”.

Las emociones tienen tres funciones. La función adaptativa hace que nos alejemos o acerquemos de una circunstancia y su fin es la continuidad de la especie. La función social tiene que ver con entender a los demás, con comunicar nuestros afectos; en definitiva promover relaciones personales. Por último, la función motivacional que nos impulsa a la acción, a satisfacer nuestras necesidades; le da el sentido a nuestra existencia.

La emoción del miedo en particular es la emoción más antigua de todas. Está al servicio de la preservación de la especie. Si no hubiera existido, hubiéramos muerto entre las garras de un predador, por ejemplo.  Es pariente de la emoción ansiedad.  Solo que la primera se aplica a un objeto en particular (ej: miedo a las tormentas, a los perros) y la segunda es más inespecífica y abstracta. Mucho después en la historia del hombre aparece el razonamiento. Las respuestas que da el organismo cuando siente miedo son de características universales:  lucha, huida, congelamiento o parálisis, desmayo (fight, flight, freeze, faint).

Muchas veces atrás de una emoción se esconden otras. Éstas, las emociones escondidas, suelen ser más poderosas y determinantes que las que están a la vista. Cuánto se podría aprender y capitalizar ese aprendizaje si pusiéramos atención en conectarnos con todas nuestras emociones, usar la información que nos brindan de una manera más eficaz, transitarlas con otra disposición, aceptándolas e integrándolas a nuestra vida.  Sí, aún el Miedo. Ya que en sí mismo, no solo no es malo, sino que es un gran aliado… Es lo que nos hace levantar el pie del acelerador cuando vamos manejando muy rápido.

El tomar contacto con lo que las emociones nos hacen saber de nosotros mismos sin juzgarlas, sin censurarlas. El poder leer las señales corporales nos permite saber qué estamos sintiendo verdaderamente. Son maravillosas oportunidades de decodificar y amigarnos con un lenguaje no tan conocido o utilizado que nos está proporcionando valiosa información. El conocerlas es el primer paso, pero el objetivo es regularlas.  Para que en vez de ser atropellados por ellas, tengamos la oportunidad de acompasarlas, graduarlas, poder tenerles menos temor y poder estar más a cargo de ellas y de nosotros mismos.

 

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